Capítulo 3: La desesperación y el testimonio de Mawhite.
Paso un buen rato hasta que quise volver a ver otra puerta. Estaba acurrucado contra la Puerta 1, cuyo hoyo de la cerradura se había desvanecido. Frente mío estaba la llave que había tomado de la roca de mi casa… resplandecía en el blanco suelo. Abrazaba con más fuerzas mis piernas, el miedo me sucumbía. ¿Qué era todo ese lugar? ¿Cuáles eran mis vivencias? ¿Por qué estaba allí? En un momento pensé que estaba loco, dormido, alucinando, con anestesia, en coma, soñando despierto, o cualquier cosa, menos viviendo…
En ese rato también pensé lógicamente, lo que estaba pasando. A veces creo que poner la mente en frío en situaciones críticas es lo mejor que una persona puede hacer… lo primero que atacó mi mente fue el modo en que aparecí en aquel lugar, vestido con mi traje empapado de sangre, lleno de dolores, con la vista nublada, como si me hubiesen dado una paliza. ¿Por qué lo habrían hecho? ¿Por qué los dolores luego desaparecieron? El lugar era impecable, ni siquiera quedaron rastros de mi sangre en el suelo, se desvanecieron al momento que yo me puse de pie… era un blanco muy pulcro, alguien lo tenía que mantener… era un lugar nuevo… muy cuidado, pero al mismo tiempo era tan grande que mi mente no podía pensar donde estaba ubicado, ¿En medio del campo? ¿En la ciudad? ¿Bajo la ciudad? ¿El espacio? A veces poner la mente en frío nos lleva a opciones que sobrepasan el límite de la realidad. ¿Y si todo eso sobrepasaba aquel límite? ¿También yo sería irreal? ¿Mis pensamientos? ¿Mis recuerdos? ¿Mi vida?
Las cosas que vi y presencié en aquel lugar, detrás de aquellas puertas que parecían normales, de madera, con pintura común, cerrojos comunes, como cualquier puerta que se puede encontrar en una casa normal… Pero lo que pasaba después de aquella puerta era inimaginable… siempre me parecieron fantásticas las puertas, son sólo un pedazo de madera, pero tienen la fuerza enorme de esconder secretos… Sólo porque el ojo humano no esta capacitado para pasar sobre ella, siempre y cuando tenga una buena cerradura. Siempre pensé que sería mejor que hablaran las puertas antes que las paredes… Las puertas ven el antes, y el después. La apariencia, y lo real. Lo que se dice, y lo que luego se siente. La mentira, y la verdad. Las puertas ven todo el proceso de la mentira y el ocultamiento… eso yo lo sabía bastante bien… Pero estas puertas eran diferentes, muy diferentes. Apenas pasabas su marco, sentías una sensación en el pecho indescriptible, sentías que tu cuerpo se convertía en cenizas y te aparecías “mágicamente” en otro lugar. Digo “Mágicamente” porque no creo en la magia, y nunca me gustaron los magos, ¿Por qué tengo que soportar en mi fiesta de cumpleaños que una persona me engañe haciéndome creer que veo algo que no es? ¿Dejarme engañar por una persona que cobra por eso? ¿Cobrar por engañar a la gente? Si, claro, la ilusión, la emoción de creer que hay cosas o hechos “mágicos” hace a alguna gente feliz, por un momento, pero yo odio las apariencias, odio las ilusiones, odio cualquier cosa que no sea real… Por eso, odio los magos…
Y llegué a pensar en el presente, ¿Qué tenía que hacer en aquel momento? No podía seguir allí sentado, mirando la puerta de enfrente, o la infinidad del pasillo… debía hacer algo. Usar la otra llave me daba un poco de miedo… Pero creo, que no me quedaba opción. Tome la llave y comencé a caminar, hasta que encuentre el Número 2, tenía un presentimiento que iba a tener que usar un orden cronológico… Mientras caminaba, seguía pensando… Y llegó a mi mente una conclusión que hizo que mi paso se detuviera en seco, y mi mirada se perdiese en el blanco horizonte. ¿Y si nunca iba a salir de allí? Las puertas eran infinitas, el pasillo era infinito… ¿Habría una salida? En ese instante, me percaté que a mi lado había una puerta, tenía el número 2 y decía “Juego de Niños”. Puse la llave en el hoyo, pero no giró. La forcejeé, pero no cedió. Comencé a golpearla, pero tampoco cedía, saqué la llave del hoyo y en ese instante comenzó a tomar un color mas rojizo, lo entendí unos segundos después, estaba tomando temperatura, me quemo tanto la mano que la solté de un tirón y caí hacia atrás, me golpeé con la puerta que había allí, y se abrió… Me di vuelta inmediatamente, dentro no se veía nada, sólo blanco, blanco, blanco, el infinito color blanco. El número de la puerta era el 907, y la frase era “Secretos”. Respiré hondo, y entré…
Era de noche, se sentía en el aire. Nuevamente era como si estaría viviendo aquel lugar, aquel césped húmedo. La luna y las estrellas se veían muy reales, y el viento que mecía los árboles me reconfortaba como en los viejos tiempos… Estaba en mi jardín, dentro se escuchaban gritos y vidrios que se rompían… Sentía algo en mi cabeza, un golpe, un dolor fuerte, sentía una sensación de que conocía, o recordaba algo de lo que estaba pasando dentro, pero al mismo tiempo me era desconocido… Caminé hasta la puerta que daba a la cocina, estaba abierta, y entré. Había olor a carne asada, lo cual me recordaba a mi madre, y por un momento un mal presentimiento acaeció en mi pecho…
Mamá: ¡Te dije que te vayas, y nos dejes en paz! ¡Que mas quieres! ¡Que mas quieres de nosotros! ¡No podemos seguir soportándote de esta manera!
Mi mamá gritaba de una manera totalmente desquiciada, ¿Qué había sucedido? Mi cabeza cada vez me dolía más, y sentía puntadas por todo el cuerpo.
Voz desconocida: ¡Por supuesto que me voy! ¡Me iría si no sería por Fab!
Mamá: ¿Fab? ¿Fab? ¡No te importa el! ¡No te importa nadie! ¡Sólo te importa tener tu plata, tu comida, tu fútbol y nada más! ¡No haces nada de tu vida!
Voz desconocida: ¡Es mi hijo! ¡Me despidieron! ¿Qué querías que haga?
Mamá: ¡Busca trabajo! ¡Eres un parásito! ¡Por el amor de Dios!
El silencio sucumbió en la sala… Mi papá finalmente habló…
Papá: Por favor, cálmate… No te va a hacer bien…
Traté de caminar hacia la puerta que daba al living (la cual estaba abierta), pero sentía pesadas mis piernas, y mi cuerpo… lo único que podía ver eran las sombras que daba el hogar de la chimenea… era mi madre dando vueltas de un lado a otro sosteniéndose la cabeza, y otra persona del otro lado parada firmemente… Mi papá estaba con mi mamá…
Mamá: ¡No me pides que me calmes! ¡Le hemos dado todo!
Voz desconocida: ¡No he dicho que no!
Mamá: ¡Y es más…! (Silencio) Nunca hemos mencionado lo que paso en aquella fábrica… ¡Porque te amamos! ¡Pero esto ya es demasiado! ¡Y no te encubriremos más!
El silencio volvió a inundar la sala… Las sombras se quedaron quietas, di otro paso y las puntadas fueron cada vez más fuertes…
Un hospital pulcro, blanco, médicos con los ambos de un lado a otro, con sus carpetas y sus estetoscopios colgando… Pacientes sentados en la sala de espera, puertas que se abren y se cierran. Menos una. Había una puerta que había permanecido cerrada durante el día, y en la oscuridad de la cómplice noche, se abría de vez en cuando, para develar los secretos más horribles de la medicina. Tal vez algunos no lo crean… Pero yo tampoco lo hacía. Mi nombre es Francisco Mawhite, tengo cincuenta años, y soy Médico Neurológico… Me gradúe en la Universidad de Buenos Aires, hace ya bastantes años… Amo mi profesión, siempre supe que nací para la Medicina…
Voz desconocida: Que… ¿Qué quieres decir?
Sonaba mas calmada aquella persona, podría decir hasta asustada, mis pensamientos ya no eran tan claros, y las puntadas, dolores eran cada vez mas fuertes, pero di otro paso…
Mamá: Que llamaré a la policía…
Cada vez que un nuevo paciente llegaba al hospital, mi corazón latía mas fuerte. Sentir la sensación de la responsabilidad me movilizaba todo… Pero cuando me enteré de esto, mi corazón también comenzó a latir fuerte… Pero de bronca… De ira, y creo que de Odio. Nunca antes había sentido Odio, hasta ese momento… Me habían prohibido entrar en aquella puerta blanca que rezaba “Sala de Neurología Experimental”. Más allá de que yo sea uno de los mejores neurólogos del hospital, modestia aparte, me habían tenido permanentemente prohibido entrar… No se por qué… Pero una noche de Mayo que accidentalmente entré, dos médicos me tomaron de los brazos y me sacaron a empujones, yo no entendí muy bien lo que había sucedido, y cuando hable con el Director, el señor Pozos, las dudas comenzaron a inundar mi mente… “Tu no puedes entrar allí Francis, por el hecho de que es una sala experimental… Y tú no te especializas en eso, cualquier persona que entre allí es un riesgo para el hospital…Sabes lo que es el ambiente científico, ¿No? Hay muchas personas que buscan satisfacerse con los descubrimientos de otros, No quiero decir con esto que tu robarías alguno de los resultados hipotéticos de aquella sala… Pero otros sí, y es por eso que tenemos prohibido el ingreso, todo el material que se encuentra allí es altamente confidencial…” Pero eso no me dejó tranquilo, y esa noche estaba decidido a descubrir lo que escondia esa sala… Nunca pensé que un experimento sería tan horrendo… Y frío…
Paso un buen rato hasta que quise volver a ver otra puerta. Estaba acurrucado contra la Puerta 1, cuyo hoyo de la cerradura se había desvanecido. Frente mío estaba la llave que había tomado de la roca de mi casa… resplandecía en el blanco suelo. Abrazaba con más fuerzas mis piernas, el miedo me sucumbía. ¿Qué era todo ese lugar? ¿Cuáles eran mis vivencias? ¿Por qué estaba allí? En un momento pensé que estaba loco, dormido, alucinando, con anestesia, en coma, soñando despierto, o cualquier cosa, menos viviendo…
En ese rato también pensé lógicamente, lo que estaba pasando. A veces creo que poner la mente en frío en situaciones críticas es lo mejor que una persona puede hacer… lo primero que atacó mi mente fue el modo en que aparecí en aquel lugar, vestido con mi traje empapado de sangre, lleno de dolores, con la vista nublada, como si me hubiesen dado una paliza. ¿Por qué lo habrían hecho? ¿Por qué los dolores luego desaparecieron? El lugar era impecable, ni siquiera quedaron rastros de mi sangre en el suelo, se desvanecieron al momento que yo me puse de pie… era un blanco muy pulcro, alguien lo tenía que mantener… era un lugar nuevo… muy cuidado, pero al mismo tiempo era tan grande que mi mente no podía pensar donde estaba ubicado, ¿En medio del campo? ¿En la ciudad? ¿Bajo la ciudad? ¿El espacio? A veces poner la mente en frío nos lleva a opciones que sobrepasan el límite de la realidad. ¿Y si todo eso sobrepasaba aquel límite? ¿También yo sería irreal? ¿Mis pensamientos? ¿Mis recuerdos? ¿Mi vida?
Las cosas que vi y presencié en aquel lugar, detrás de aquellas puertas que parecían normales, de madera, con pintura común, cerrojos comunes, como cualquier puerta que se puede encontrar en una casa normal… Pero lo que pasaba después de aquella puerta era inimaginable… siempre me parecieron fantásticas las puertas, son sólo un pedazo de madera, pero tienen la fuerza enorme de esconder secretos… Sólo porque el ojo humano no esta capacitado para pasar sobre ella, siempre y cuando tenga una buena cerradura. Siempre pensé que sería mejor que hablaran las puertas antes que las paredes… Las puertas ven el antes, y el después. La apariencia, y lo real. Lo que se dice, y lo que luego se siente. La mentira, y la verdad. Las puertas ven todo el proceso de la mentira y el ocultamiento… eso yo lo sabía bastante bien… Pero estas puertas eran diferentes, muy diferentes. Apenas pasabas su marco, sentías una sensación en el pecho indescriptible, sentías que tu cuerpo se convertía en cenizas y te aparecías “mágicamente” en otro lugar. Digo “Mágicamente” porque no creo en la magia, y nunca me gustaron los magos, ¿Por qué tengo que soportar en mi fiesta de cumpleaños que una persona me engañe haciéndome creer que veo algo que no es? ¿Dejarme engañar por una persona que cobra por eso? ¿Cobrar por engañar a la gente? Si, claro, la ilusión, la emoción de creer que hay cosas o hechos “mágicos” hace a alguna gente feliz, por un momento, pero yo odio las apariencias, odio las ilusiones, odio cualquier cosa que no sea real… Por eso, odio los magos…
Y llegué a pensar en el presente, ¿Qué tenía que hacer en aquel momento? No podía seguir allí sentado, mirando la puerta de enfrente, o la infinidad del pasillo… debía hacer algo. Usar la otra llave me daba un poco de miedo… Pero creo, que no me quedaba opción. Tome la llave y comencé a caminar, hasta que encuentre el Número 2, tenía un presentimiento que iba a tener que usar un orden cronológico… Mientras caminaba, seguía pensando… Y llegó a mi mente una conclusión que hizo que mi paso se detuviera en seco, y mi mirada se perdiese en el blanco horizonte. ¿Y si nunca iba a salir de allí? Las puertas eran infinitas, el pasillo era infinito… ¿Habría una salida? En ese instante, me percaté que a mi lado había una puerta, tenía el número 2 y decía “Juego de Niños”. Puse la llave en el hoyo, pero no giró. La forcejeé, pero no cedió. Comencé a golpearla, pero tampoco cedía, saqué la llave del hoyo y en ese instante comenzó a tomar un color mas rojizo, lo entendí unos segundos después, estaba tomando temperatura, me quemo tanto la mano que la solté de un tirón y caí hacia atrás, me golpeé con la puerta que había allí, y se abrió… Me di vuelta inmediatamente, dentro no se veía nada, sólo blanco, blanco, blanco, el infinito color blanco. El número de la puerta era el 907, y la frase era “Secretos”. Respiré hondo, y entré…
Era de noche, se sentía en el aire. Nuevamente era como si estaría viviendo aquel lugar, aquel césped húmedo. La luna y las estrellas se veían muy reales, y el viento que mecía los árboles me reconfortaba como en los viejos tiempos… Estaba en mi jardín, dentro se escuchaban gritos y vidrios que se rompían… Sentía algo en mi cabeza, un golpe, un dolor fuerte, sentía una sensación de que conocía, o recordaba algo de lo que estaba pasando dentro, pero al mismo tiempo me era desconocido… Caminé hasta la puerta que daba a la cocina, estaba abierta, y entré. Había olor a carne asada, lo cual me recordaba a mi madre, y por un momento un mal presentimiento acaeció en mi pecho…
Mamá: ¡Te dije que te vayas, y nos dejes en paz! ¡Que mas quieres! ¡Que mas quieres de nosotros! ¡No podemos seguir soportándote de esta manera!
Mi mamá gritaba de una manera totalmente desquiciada, ¿Qué había sucedido? Mi cabeza cada vez me dolía más, y sentía puntadas por todo el cuerpo.
Voz desconocida: ¡Por supuesto que me voy! ¡Me iría si no sería por Fab!
Mamá: ¿Fab? ¿Fab? ¡No te importa el! ¡No te importa nadie! ¡Sólo te importa tener tu plata, tu comida, tu fútbol y nada más! ¡No haces nada de tu vida!
Voz desconocida: ¡Es mi hijo! ¡Me despidieron! ¿Qué querías que haga?
Mamá: ¡Busca trabajo! ¡Eres un parásito! ¡Por el amor de Dios!
El silencio sucumbió en la sala… Mi papá finalmente habló…
Papá: Por favor, cálmate… No te va a hacer bien…
Traté de caminar hacia la puerta que daba al living (la cual estaba abierta), pero sentía pesadas mis piernas, y mi cuerpo… lo único que podía ver eran las sombras que daba el hogar de la chimenea… era mi madre dando vueltas de un lado a otro sosteniéndose la cabeza, y otra persona del otro lado parada firmemente… Mi papá estaba con mi mamá…
Mamá: ¡No me pides que me calmes! ¡Le hemos dado todo!
Voz desconocida: ¡No he dicho que no!
Mamá: ¡Y es más…! (Silencio) Nunca hemos mencionado lo que paso en aquella fábrica… ¡Porque te amamos! ¡Pero esto ya es demasiado! ¡Y no te encubriremos más!
El silencio volvió a inundar la sala… Las sombras se quedaron quietas, di otro paso y las puntadas fueron cada vez más fuertes…
Un hospital pulcro, blanco, médicos con los ambos de un lado a otro, con sus carpetas y sus estetoscopios colgando… Pacientes sentados en la sala de espera, puertas que se abren y se cierran. Menos una. Había una puerta que había permanecido cerrada durante el día, y en la oscuridad de la cómplice noche, se abría de vez en cuando, para develar los secretos más horribles de la medicina. Tal vez algunos no lo crean… Pero yo tampoco lo hacía. Mi nombre es Francisco Mawhite, tengo cincuenta años, y soy Médico Neurológico… Me gradúe en la Universidad de Buenos Aires, hace ya bastantes años… Amo mi profesión, siempre supe que nací para la Medicina…
Voz desconocida: Que… ¿Qué quieres decir?
Sonaba mas calmada aquella persona, podría decir hasta asustada, mis pensamientos ya no eran tan claros, y las puntadas, dolores eran cada vez mas fuertes, pero di otro paso…
Mamá: Que llamaré a la policía…
Cada vez que un nuevo paciente llegaba al hospital, mi corazón latía mas fuerte. Sentir la sensación de la responsabilidad me movilizaba todo… Pero cuando me enteré de esto, mi corazón también comenzó a latir fuerte… Pero de bronca… De ira, y creo que de Odio. Nunca antes había sentido Odio, hasta ese momento… Me habían prohibido entrar en aquella puerta blanca que rezaba “Sala de Neurología Experimental”. Más allá de que yo sea uno de los mejores neurólogos del hospital, modestia aparte, me habían tenido permanentemente prohibido entrar… No se por qué… Pero una noche de Mayo que accidentalmente entré, dos médicos me tomaron de los brazos y me sacaron a empujones, yo no entendí muy bien lo que había sucedido, y cuando hable con el Director, el señor Pozos, las dudas comenzaron a inundar mi mente… “Tu no puedes entrar allí Francis, por el hecho de que es una sala experimental… Y tú no te especializas en eso, cualquier persona que entre allí es un riesgo para el hospital…Sabes lo que es el ambiente científico, ¿No? Hay muchas personas que buscan satisfacerse con los descubrimientos de otros, No quiero decir con esto que tu robarías alguno de los resultados hipotéticos de aquella sala… Pero otros sí, y es por eso que tenemos prohibido el ingreso, todo el material que se encuentra allí es altamente confidencial…” Pero eso no me dejó tranquilo, y esa noche estaba decidido a descubrir lo que escondia esa sala… Nunca pensé que un experimento sería tan horrendo… Y frío…
