Respiré hondo. Esa habitación era diferente a la demás, o eso creía yo. Tenía una esencia diferente, menos distante que las demás. ¿Ésta era la que había soñado o era sólo similar como las demás? Me dejé caer sobre el frío mármol, sólo escuchaba mi respiración y hasta podría decir (Aunque algunos me llamen exagerado), mi pulso. El silencio era tan penetrante que sentía que mis oídos en cualquier momento estallarían. Sólo un sonido. Un monótono sonido: Mi respiración. La poca luz que iluminaba aquel laberinto me daba pautas de que nunca había estado en aquella habitación. Las paredes eran mas oscuras y el suelo mas brillante. El techo estaba más alto que nunca. Me sequé con la manga la respiración que resbalaba por mi frente. Parpadeé continuamente, la vista comenzaba a nublarse. ¿Cuántos días sin comer? ¿Cuántos días sin dormir? Ni siquiera estaba seguro de que aquella agua sea potable, ¿y si estaba ahí por alguna causa? ¿Para causar más desorientación? Como si no fuese suficiente esa prisión de la vida. El frío encontraba en mi cuerpo un buen huésped. “No podes detenerte acá” me dije a mi mismo. Esa habitación no era como las demás. El aroma dulce se me hacía familiar. ¿De dónde lo conocía? La tranquilidad invadía aquella habitación. Al fondo había otra bifurcación. ¿Derecha o izquierda? Me habían dicho que si doblaba siempre hacia el lado izquierdo, llegaría al centro. ¿Pero quiero llegar al centro? No. Sólo quiero llegar a mi habitación. Y permanecer allí. ¿Pero cómo llegar? Sólo tenía una pista. “Dónde la lluvia cesa, y el calor aumenta. Allí permanecerás, si alguna vez la encuentras. Las combinaciones infinitas serán tus amigas, nunca sigas la misma senda. Allí esta, donde nunca nadie llegó por la lógica. Busca lo que no conoces. Conoce lo que no buscas.”. Luego de eso, se lanzó. Y nunca más lo volví a ver. El agua se ocupó de borrar su cuerpo. Nunca me consideré una persona que se luce en los juegos de memoria. Siempre me consideré una persona amiga de los papeles, y las anotaciones. Los recordatorios me persiguieron durante toda mi vida. Sin embargo, sus palabras no se me borraron por nada. Mientras el rostro del maestro se desteñía en el agua, y las frescas palabras se repetían una y otra vez en mi cabeza, no podía parar de pensar: ¿A qué quiero llegar? ¿Por qué quiero llegar?
Me gustaría que él este acá ahora conmigo. Sigo sin entender por qué tuvo que irse. Sigo sin entender por qué debía seguir sólo. ¿Por qué fue tan misterioso a último momento? Mientras recupero la respiración, y me acostumbro al frío del mármol recuerdo siempre su respuesta a mis incesantes preguntas. “A veces hay preguntas, que las únicas respuestas lógicas, son otras preguntas. Por más paradójico que suene. No busques respuestas concretas. El que no las obtengas no es un obstáculo. El obstáculo es cuando no podes encontrar otra pregunta. Cuando te encontrás en un corredor sin salida. Ese es el verdadero obstáculo que todo hombre teme. Darse cuenta que no puede saberlo todo, y que nunca lo sabrá” Ese tipo de respuestas a veces me hacían sonreír. Otras, callarme y no hablar por un largo rato. Recuerdo siempre su afán de querer hacerme pensar, siempre dándome acertijos. Nunca me reveló una respuesta. Siempre me dio preguntas. En este momento necesito de sus preguntas.
Me levanté de golpe. No podía permanecer mucho más tiempo allí. El suelo estaba demasiado frío. Pero quizás había un lugar más fresco. Allí debía ir. No sabía si estaba siguiendo bien las instrucciones. No sabía si mi lógica me estaba respondiendo como yo quería. En varias ocasiones cerré los ojos y golpeé las paredes. A veces creía que la locura me invadía. ¿Cómo resolvería la ubicación de esa habitación “donde nunca nadie llegó por la lógica”? ¿Cómo se resuelve algo sin lógica? La única manera de pensar es con la lógica, y si pienso contra la lógica, estoy usando una lógica de todos modos. ¿Me quiso arruinar lo poco que queda de mi existencia con ese acertijo?
“Dónde la lluvia cesa” Hacía ya dos días que había escapado de la incesante lluvia. A veces temía que vuelva. O entrar en una habitación húmeda. ¿Qué impedía que las habitaciones cambien? Nunca un paso que di hacia atrás, fue idéntico. Nunca me encontré con una habitación idéntica. Aunque sea en el mínimo detalle, eran diferentes. Así me había dicho él, yo no soy tan sabio para diferenciarlas. Confieso que cuando encontré la habitación mas seca de todas, esperé gran cosa. Sólo recibí una desilusión. Si tengo que encontrar la habitación dónde la lluvia cesa, pero dónde el calor aumenta. ¿Acaso cuando el calor aumenta no hay más probabilidades de humedad y de lluvia? Pero al mismo tiempo, la lluvia cesa. ¿Cómo podía ser posible?
La segunda parte no es para nada reveladora. “Allí permanecerás, si alguna vez la encuentras” ¿Y si no? Si no, también permaneceré. En una intensa búsqueda de mi final. Y lo terminaría encontrando. De alguna u otra forma, mi final va a aparecer. ¿Qué va a pasar cuando la encuentre? ¿Por qué permaneceré allí? ¿Y si encuentro otra cosa que buscar? ¿Puede el hombre vivir sin buscar?
“Las combinaciones infinitas serán tus aliadas, nunca sigas la misma senda.” Fue lo peor que pudo haberme dicho. Cada vez que recuerdo ese tramo, me dan ganas de irme por dónde el se fue. Me dan ganas de terminar con todo y no seguir con mi inútil búsqueda. ¿Nunca sigas la misma senda? Sólo hay dos caminos diferentes. Siempre hay que elegir entre derecha e izquierda. Y no se puede volver atrás. Una vez elijo derecha, otra izquierda, ¿Y luego qué? “No todas las derechas son derechas. Ni todas las izquierdas son izquierdas. Piensa Ashir.” Sabía a que se refería cuando me lo dijo, pero no le contesté por temor a aceptarlo. Tenía que encontrar la mínima diferencia. Una de las dos sería diferente. La otra, igual a las demás. Una sola equivocación y todos mis esfuerzos se irían por los pasillos. ¿Eran infinitos? Me refiero a los pasillos… Si las combinaciones son infinitas, eso quiere decir que el laberinto es infinito. Pero eso no puede ser posible. No es posible algo físico infinito. Ya lo había discutido con el una noche invernal en el norte de Canadá, mientras miraba los álamos mecerse con el fino y frío viento del norte. Recuerdo esas palabras casi tanto como mi nombre. “Tendríamos que hacer un consenso del significado de la palabra infinito. ¿No te parece que puede tener un significado subjetivo como cualquier palabra? Depende de los símbolos, Ashir, esa es la clave. Los símbolos”
Me gustaría volver al principio. Me arrepiento de no haber dejado algún rastro. Me gustaría volver atrás y arrepentirme. Zambullirme en el inmenso mar de la ignorancia. No quería seguir con eso. Sentía que mi cuerpo en cualquier momento diría “¡Basta!”
Me sostuve contra el muro. Sentía que me desmayaría. En cualquier momento la falta de sueño, comida y tranquilidad me mataría. Pero vi aquella bifurcación. ¿Qué diferencia podía encontrar? Ambas eran tan oscuras como la noche. Tan penetrantes como las palabras del maestro. Me acerqué. Nada se veía al final de ellas. Vi hacia el techo. Había un número. Seis. Hasta ese momento no había encontrado ninguna relación entre los números. Sólo me había percatado de no tomar un pasillo con el mismo número. Me causo curiosidad que el número sea tan chico. Seis. Los anteriores no bajaban de diez cifras. Y sin embargo, esta derecha tenía un solo número. Seis. La izquierda no tenía número. No me quedaba ninguna duda. Estaba en una habitación muy diferente a las anteriores. Seis y ningún número.
Me gustaría que él este acá ahora conmigo. Sigo sin entender por qué tuvo que irse. Sigo sin entender por qué debía seguir sólo. ¿Por qué fue tan misterioso a último momento? Mientras recupero la respiración, y me acostumbro al frío del mármol recuerdo siempre su respuesta a mis incesantes preguntas. “A veces hay preguntas, que las únicas respuestas lógicas, son otras preguntas. Por más paradójico que suene. No busques respuestas concretas. El que no las obtengas no es un obstáculo. El obstáculo es cuando no podes encontrar otra pregunta. Cuando te encontrás en un corredor sin salida. Ese es el verdadero obstáculo que todo hombre teme. Darse cuenta que no puede saberlo todo, y que nunca lo sabrá” Ese tipo de respuestas a veces me hacían sonreír. Otras, callarme y no hablar por un largo rato. Recuerdo siempre su afán de querer hacerme pensar, siempre dándome acertijos. Nunca me reveló una respuesta. Siempre me dio preguntas. En este momento necesito de sus preguntas.
Me levanté de golpe. No podía permanecer mucho más tiempo allí. El suelo estaba demasiado frío. Pero quizás había un lugar más fresco. Allí debía ir. No sabía si estaba siguiendo bien las instrucciones. No sabía si mi lógica me estaba respondiendo como yo quería. En varias ocasiones cerré los ojos y golpeé las paredes. A veces creía que la locura me invadía. ¿Cómo resolvería la ubicación de esa habitación “donde nunca nadie llegó por la lógica”? ¿Cómo se resuelve algo sin lógica? La única manera de pensar es con la lógica, y si pienso contra la lógica, estoy usando una lógica de todos modos. ¿Me quiso arruinar lo poco que queda de mi existencia con ese acertijo?
“Dónde la lluvia cesa” Hacía ya dos días que había escapado de la incesante lluvia. A veces temía que vuelva. O entrar en una habitación húmeda. ¿Qué impedía que las habitaciones cambien? Nunca un paso que di hacia atrás, fue idéntico. Nunca me encontré con una habitación idéntica. Aunque sea en el mínimo detalle, eran diferentes. Así me había dicho él, yo no soy tan sabio para diferenciarlas. Confieso que cuando encontré la habitación mas seca de todas, esperé gran cosa. Sólo recibí una desilusión. Si tengo que encontrar la habitación dónde la lluvia cesa, pero dónde el calor aumenta. ¿Acaso cuando el calor aumenta no hay más probabilidades de humedad y de lluvia? Pero al mismo tiempo, la lluvia cesa. ¿Cómo podía ser posible?
La segunda parte no es para nada reveladora. “Allí permanecerás, si alguna vez la encuentras” ¿Y si no? Si no, también permaneceré. En una intensa búsqueda de mi final. Y lo terminaría encontrando. De alguna u otra forma, mi final va a aparecer. ¿Qué va a pasar cuando la encuentre? ¿Por qué permaneceré allí? ¿Y si encuentro otra cosa que buscar? ¿Puede el hombre vivir sin buscar?
“Las combinaciones infinitas serán tus aliadas, nunca sigas la misma senda.” Fue lo peor que pudo haberme dicho. Cada vez que recuerdo ese tramo, me dan ganas de irme por dónde el se fue. Me dan ganas de terminar con todo y no seguir con mi inútil búsqueda. ¿Nunca sigas la misma senda? Sólo hay dos caminos diferentes. Siempre hay que elegir entre derecha e izquierda. Y no se puede volver atrás. Una vez elijo derecha, otra izquierda, ¿Y luego qué? “No todas las derechas son derechas. Ni todas las izquierdas son izquierdas. Piensa Ashir.” Sabía a que se refería cuando me lo dijo, pero no le contesté por temor a aceptarlo. Tenía que encontrar la mínima diferencia. Una de las dos sería diferente. La otra, igual a las demás. Una sola equivocación y todos mis esfuerzos se irían por los pasillos. ¿Eran infinitos? Me refiero a los pasillos… Si las combinaciones son infinitas, eso quiere decir que el laberinto es infinito. Pero eso no puede ser posible. No es posible algo físico infinito. Ya lo había discutido con el una noche invernal en el norte de Canadá, mientras miraba los álamos mecerse con el fino y frío viento del norte. Recuerdo esas palabras casi tanto como mi nombre. “Tendríamos que hacer un consenso del significado de la palabra infinito. ¿No te parece que puede tener un significado subjetivo como cualquier palabra? Depende de los símbolos, Ashir, esa es la clave. Los símbolos”
Me gustaría volver al principio. Me arrepiento de no haber dejado algún rastro. Me gustaría volver atrás y arrepentirme. Zambullirme en el inmenso mar de la ignorancia. No quería seguir con eso. Sentía que mi cuerpo en cualquier momento diría “¡Basta!”
Me sostuve contra el muro. Sentía que me desmayaría. En cualquier momento la falta de sueño, comida y tranquilidad me mataría. Pero vi aquella bifurcación. ¿Qué diferencia podía encontrar? Ambas eran tan oscuras como la noche. Tan penetrantes como las palabras del maestro. Me acerqué. Nada se veía al final de ellas. Vi hacia el techo. Había un número. Seis. Hasta ese momento no había encontrado ninguna relación entre los números. Sólo me había percatado de no tomar un pasillo con el mismo número. Me causo curiosidad que el número sea tan chico. Seis. Los anteriores no bajaban de diez cifras. Y sin embargo, esta derecha tenía un solo número. Seis. La izquierda no tenía número. No me quedaba ninguna duda. Estaba en una habitación muy diferente a las anteriores. Seis y ningún número.
