Cerró las cortinas. No quería ni que la noche lo viera. No quería que nadie lo vea en ese estado. Apenas pudiendo caminar, tomó un sorbo de agua más. El agua no lo rechazaba. Si su vida había sido un fracaso, no era su culpa. Nada era su culpa. La comida le dio nauseas. Dejó todo como estaba y se fue a acostar. El techo gris como su vida lo observaba fijamente. Se tapó con las sábanas. Sentía que lo vigilaban. De todos lados. Que le susurraban. Que le gritaban. Recordó los momentos en que era feliz, o en los cuáles, creía que era feliz. Recordó cuando gente que lo quería estaba allí, para darle un abrazo. Ahora sólo lo abrazaba la soledad y el silencio de una amarga noche. Recordó cuando echo todo a perder. Daría lo que sea por volver a ese día, y darse cuenta un par de años antes, que las cosas no iban así. Terminó entendiendo, por las malas, que ni las galaxias, ni Dios, ni la gente, ni el destino, ni el clima, ni el cielo, ni los planetas, ni nada, se complotaban contra él. Terminó entendiendo, que la única persona que complotaba contra él, tenía su mismo nombre. Su misma edad. Su mismo pelo. Sus mismos ojos. Sus mismos sentimientos. Y se odiaba a sí mismo, exactamente como el lo hacía. Terminó entendiendo, que era lo que era, porque siempre eligió serlo. Terminó entendiendo, que el único que complotaba contra él, era nada más y nada menos, que él.
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