“Busca lo que no conoces. Conoce lo que no buscas” Estaba buscando algo que no conocía. Y estoy conociendo lo que no busco. ¿Por qué me dijo algo tan evidente? ¿Encierra algún misterio? ¿Lo estoy malinterpretando? Seis y ningún número. Estaba ahí, de pie, respirando normalmente, con mi única compañía: el silencio. Si tengo que actuar sin lógica, tendría que ir a la izquierda: aquella habitación que no sigue el orden lógico de que las habitaciones estén numeradas. Quizás no estaba numerada porque era el centro. O por que no había una habitación al otro lado. Esa idea me asustó. Pero estaría usando la lógica, de la no-lógica. Me tomé la cabeza con ambas manos. Cerré los ojos y cuando volví a abrirlos, sentí que el piso se despedazaba, que el techo bajaba abruptamente, que las paredes se desvanecían y que todo se tornaba negro. Me desvanecí yo también, y todo se tornó misteriosamente negro.
El ruido de la lluvia me despertó. Salté de golpe. La luz me cegaba. ¿Qué había pasado? El agua me llegaba hasta las rodillas, los pasillos estaban inundados de agua. Me puse de pie y me amotiné contra el muro. Observando lo que pasaba. Las paredes cambiaron de un negro azabache a un blanco como la nieve. El calor me sofocaba. Vi la bifurcación. ¿Estaba en la misma habitación? ¿Me había desmayado? Fui hacia ella. Seis y ningún número. Estaba en la misma. ¿O no? ¿Por qué pensaba que nada había cambiado? Las paredes eran diferentes, hacía calor, y había lluvia. Y sin embargo, sólo por dos números, yo creía que estaba en el mismo lugar. “No, definitivamente no estoy en el mismo lugar…” ¿Pero qué había pasado? ¿Alguien me había llevado a otro lugar? No, eso era inaceptable. El dejó bien en claro, que no podía haber más de una persona buscando en el laberinto. ¿Por eso se fue? ¿Por qué creía que no buscaba nada, pero comprendió que había cosas que todavía le faltaban buscar, y como estaba prohibido que busquen dos personas… se fue? ¿Y a dónde se fue?
Solamente sabía una cosa. Debía irme de ahí de inmediato. La lluvia no cesaba, y el calor de a poco comenzaba a bajar. Me sentía como en el principio. Totalmente desorientado. Seis y ningún número… Caminé un paso hacia el pasillo sin número. Me detuve. Me di cuenta que no podía descifrar el misterio de la habitación a la que debía llegar, si ni siquiera sabía que había pasado con la habitación en la que estaba. ¿Cuánto tiempo había estado durmiendo o desmayado? Me miré las manos, estaban arrugadas. No soy un hombre viejo, comprendí que había estado bastante tiempo mojado. ¿Las habitaciones cambiaban con el tiempo? ¿El tiempo modificaba los símbolos?
Fui a la habitación sin número. Pasé el pasillo, de un momento para otro, todo se tornó negro. Y desemboqué en una habitación seca. Y nuevamente, oscura. Mi cuerpo salpicaba el seco suelo de la nueva habitación, y pude ver, como en cuestión de segundos, se evaporaba la poca agua que había salpicado. En pocos segundos, yo estaba seco también. Me percaté de algo mucho más sorprendente. La habitación no tenía una bifurcación. Sólo tenía una puerta. Una puerta blanca como la nieve. Una puerta intacta. ¿Alguien había llegado hasta ahí? Fui hacia ella. Ya no tenía preguntas. Tenía una respuesta. Ya no tenía nada más que pensar. No tenía dos opciones. Tenía una. Recordé las palabras de él, antes de dejarme caer en el suelo, y dejar que mis lágrimas se mezclen con mi transpiración y con un grito desesperado.
"El obstáculo es cuando no podes encontrar otra pregunta. Cuando te encontrás en un corredor sin salida. Ese es el verdadero obstáculo que todo hombre teme. Darse cuenta que no puede saberlo todo, y que nunca lo sabrá”
Comprendí, entre llantos y la desesperación que nunca había tenido. Que el laberinto era mi vida. Y que por buscar una solución concreta, llegué a una habitación, donde el final estaba servido. Por seguir la lógica, terminé en un lugar lógico. Buscaba la salvación. Pensaba en los símbolos que veía. No pensé en los símbolos que no entendía. Lo lógico era seguir por el pasillo que no estaba numerado. Así encontraría algo diferente, y de hecho lo hice. ¿Pero encontraba algo diferente?
Comprendí al dejarme caer, mientras el calor me agobiaba y sentía que el aire me faltaba, que yo debía permanecer en el laberinto. No en esa habitación. El quería que yo entendiese, que nunca iba a poder saberlo todo. Lo que si podría hacer, sería intentarlo.
Comprendí, mientras el suelo quemaba mi piel, que esa puerta estaba tan intacta, no porque nadie había llegado hasta ahí, si no que todos, como yo, se dieron cuenta tarde, de que la habitación número seis, Era la indicada. Lo odié, por su cobardía escapó del laberinto. Por no querer terminar como yo. Por no querer aceptar las cosas como son.
Me pregunté, dando un último respiro. ¿Qué habría detrás de esa puerta? Y terminé entendiendo, que la curiosidad, es el peor de los males de los que sufre el hombre. Un mal tan fuerte, y tan desesperante… Como ese laberinto.
El ruido de la lluvia me despertó. Salté de golpe. La luz me cegaba. ¿Qué había pasado? El agua me llegaba hasta las rodillas, los pasillos estaban inundados de agua. Me puse de pie y me amotiné contra el muro. Observando lo que pasaba. Las paredes cambiaron de un negro azabache a un blanco como la nieve. El calor me sofocaba. Vi la bifurcación. ¿Estaba en la misma habitación? ¿Me había desmayado? Fui hacia ella. Seis y ningún número. Estaba en la misma. ¿O no? ¿Por qué pensaba que nada había cambiado? Las paredes eran diferentes, hacía calor, y había lluvia. Y sin embargo, sólo por dos números, yo creía que estaba en el mismo lugar. “No, definitivamente no estoy en el mismo lugar…” ¿Pero qué había pasado? ¿Alguien me había llevado a otro lugar? No, eso era inaceptable. El dejó bien en claro, que no podía haber más de una persona buscando en el laberinto. ¿Por eso se fue? ¿Por qué creía que no buscaba nada, pero comprendió que había cosas que todavía le faltaban buscar, y como estaba prohibido que busquen dos personas… se fue? ¿Y a dónde se fue?
Solamente sabía una cosa. Debía irme de ahí de inmediato. La lluvia no cesaba, y el calor de a poco comenzaba a bajar. Me sentía como en el principio. Totalmente desorientado. Seis y ningún número… Caminé un paso hacia el pasillo sin número. Me detuve. Me di cuenta que no podía descifrar el misterio de la habitación a la que debía llegar, si ni siquiera sabía que había pasado con la habitación en la que estaba. ¿Cuánto tiempo había estado durmiendo o desmayado? Me miré las manos, estaban arrugadas. No soy un hombre viejo, comprendí que había estado bastante tiempo mojado. ¿Las habitaciones cambiaban con el tiempo? ¿El tiempo modificaba los símbolos?
Fui a la habitación sin número. Pasé el pasillo, de un momento para otro, todo se tornó negro. Y desemboqué en una habitación seca. Y nuevamente, oscura. Mi cuerpo salpicaba el seco suelo de la nueva habitación, y pude ver, como en cuestión de segundos, se evaporaba la poca agua que había salpicado. En pocos segundos, yo estaba seco también. Me percaté de algo mucho más sorprendente. La habitación no tenía una bifurcación. Sólo tenía una puerta. Una puerta blanca como la nieve. Una puerta intacta. ¿Alguien había llegado hasta ahí? Fui hacia ella. Ya no tenía preguntas. Tenía una respuesta. Ya no tenía nada más que pensar. No tenía dos opciones. Tenía una. Recordé las palabras de él, antes de dejarme caer en el suelo, y dejar que mis lágrimas se mezclen con mi transpiración y con un grito desesperado.
"El obstáculo es cuando no podes encontrar otra pregunta. Cuando te encontrás en un corredor sin salida. Ese es el verdadero obstáculo que todo hombre teme. Darse cuenta que no puede saberlo todo, y que nunca lo sabrá”
Comprendí, entre llantos y la desesperación que nunca había tenido. Que el laberinto era mi vida. Y que por buscar una solución concreta, llegué a una habitación, donde el final estaba servido. Por seguir la lógica, terminé en un lugar lógico. Buscaba la salvación. Pensaba en los símbolos que veía. No pensé en los símbolos que no entendía. Lo lógico era seguir por el pasillo que no estaba numerado. Así encontraría algo diferente, y de hecho lo hice. ¿Pero encontraba algo diferente?
Comprendí al dejarme caer, mientras el calor me agobiaba y sentía que el aire me faltaba, que yo debía permanecer en el laberinto. No en esa habitación. El quería que yo entendiese, que nunca iba a poder saberlo todo. Lo que si podría hacer, sería intentarlo.
Comprendí, mientras el suelo quemaba mi piel, que esa puerta estaba tan intacta, no porque nadie había llegado hasta ahí, si no que todos, como yo, se dieron cuenta tarde, de que la habitación número seis, Era la indicada. Lo odié, por su cobardía escapó del laberinto. Por no querer terminar como yo. Por no querer aceptar las cosas como son.
Me pregunté, dando un último respiro. ¿Qué habría detrás de esa puerta? Y terminé entendiendo, que la curiosidad, es el peor de los males de los que sufre el hombre. Un mal tan fuerte, y tan desesperante… Como ese laberinto.
