Nimber

La plaza estaba desierta. Una débil luz alumbraba un banco. Allí estaba el. Su celular en el estomago, el, acostado mirando al cielo. Una brisa de noche de verano le rozaba el cabello y lo hacia cerrar suavemente los ojos, tratando de transportarse a otro lugar, sabiendo que era infinitamente imposible. Disfrutaba de aquella brisa que por un momento le refrescaba el cuerpo, algo pasajero, nada más que una ráfaga, luego de nuevo, el calor. Disfrutaba de aquel silencio, disfrutaba la soledad. Sentir que no había nadie mas a su alrededor, que estaba tranquilo y solo. Debajo del banco estaba su mochila, arrojada sin cuidado. Adoraba mirar el cielo. Mirar esos pequeños puntos de luz que se hacían notar en la oscuridad de la noche. Ver las estrellas le hacia sentir que el era tan insignificante como una estrella en el cielo. Una sin brillo. Una demasiado débil para que alguien se interese en ella. Para que alguien se detenga en ella. Amaba las noches de verano en soledad. Amaba la noche. Disfrutaba escuchar el silencio de una noche.
Sabía que aquella era la última noche de verano. Sabia que aquella sería la ultima. Volvió a abrir los ojos, aunque no con la misma intensidad. Le costaba. Se le cerraban. Le costaba mantenerlos abiertos.
Trataba de disfrutar aquella última noche. Trataba de guardar cada imagen. Cada silencio. Cada sentimiento. Cada pensamiento. Cada recuerdo. Cada palabra. Cada te quiero.
Cerró los ojos una vez más. Sintió nuevamente una brisa veraniega que le paso por el rostro y lo despeinó. Sintió que las piernas comenzaban a desvanecerse. Sonó el celular. Abrió apenas los ojos. Lo tomo débilmente, miro apenas quien era. Oprimió el botón rojo y corto la llamada. Volvió a ponerlo en su estomago.
Miro para sus lados. Observo los árboles. Verdes oscuros, con raíces fuertes. Sus hojas se mecían con el viento. Hacían una perfecta pareja. Trato de observarlos y grabar cada movimiento. Sabía que ellos también sufrían la finalización del verano. El otoño comenzaba a amenazar.
Dejo de sentir sus piernas. Sus brazos dejaban de responder. Sonrió. Sus ojos apenas se podían mantener abiertos, y su mirada borrosa no le impedía ver aun el firmamento. Una nueva brisa de verano le pasó por el viento. Olió por última vez la frescura de la noche. Y cerró los ojos.
La brisa continuó. El permaneció inmóvil. Sonó el celular. El no se movió. Continuó sonando. Era un mensaje. La pantalla brillaba en aquella oscura noche. Se podía ver un “Perdóname” en el principio del mensaje. Pero había llegado demasiado tarde.
La brisa veraniega se esfumo para siempre.
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