Se sentó en la mesa, con su taza de café y su cuaderno. Tomo la lapicera, y antes de escribir, miró por la ventana. Ya era otoño, podía ver el manzanero de su jardín con sus hojas pasadas de temporada, y a punto de fallecer para luego renacer. Sonrió, le gustaba el otoño, no sabía muy bien porqué. A veces creía que era por el tono anaranjado que tomaba la ciudad, a veces por las temperaturas templadas, o porque l
a época del año era una época tranquila, sin demasiados altibajos. Volvió su mirada a la hoja, y sintió desesperanza. No sabía como comenzar a escribir la carta.
“Solo, lo que sientas…” Recordaba las palabras de Emiliano, y luego su sonrisa característica y molesta al mismo tiempo.
Querido Alejandro:
Hoy hace ya mas de un año que estás lejos de mi. Y es que todavía no logró comprender que pasó. Pero acá estoy… Escribiéndote. Se, y realmente que lo sé, que no leerás esta carta. Sé también, que no sería de tu interés. Pero yo quiero escribirla. Sé tambien que si supieras que lo hago, te reirías en mi cara, con esa mezcla de burla y cariño que me hacía erizar cada milímetro de mi cuerpo. Me tomarías del cuello, y simplemente me susurrarías “Te amo”, aún con esa sonrisa inmutable. Yo tiraría el papel, y te abrazaría. Solo eso, un abrazo. Pero ambos sabemos… O por lo menos, tú lo sabrías… Que eso no va a pasar. Siempre pensé que esto sería cuestión de tiempo. Pero no puedo dejar de pensarte. No puedo dejar de pensar en todo lo que pasó. No puedo dejar de extrañarte.
Pasaron cosas feas. Pasaron cosas malas. Y de hecho, soy el único que por aquí te extraña. Y si me preguntas, no podría contestarte nada. No sé la razón. No sé porqué no te dejo ir. No sé porque te retengo en mi corazón. No sé porque no puedo desligarme de vos, y realmente lo intento.
Duramente, lo intento. Tu familia viene a menudo a casa. Supongo que más que por compromiso que por otra cosa, y sin embargo, me pone feliz verlos.
Sara aprendió a hablar. Siempre rezamos por vos. Yo sé que quizás no te fue fácil comprenderla… No te fue fácil saber por todo lo que estábamos a punto de pasar. Entiendo, que no fuiste lo suficientemente fuerte como para afrontarlo. A veces me pregunto si la quisiste. O si deseabas quererla.
Nosotros te quisimos, incluso ahora que ya te fuiste.
Me duele extrañarte. Me duele que me hayas dejado solo con ella. Me duele que no le des la oportunidad de tenerte… Me duele tu cobardía.
Y me duele no entenderte.
Me siento una basura, escribiéndote esta carta, pero me dijeron que escriba lo que sienta, y hoy mi corazón esta lleno de furia. De bronca. Y de sentimientos encontrados que no logro descifrar. Te extraño, y sin embargo si te viera, te daría una paliza.
Siempre soñé con que tengamos una familia. Siempre creí que eras el amor de mi vida. Y es por todo esto que no comprendo lo que sucedió.
No comprendo por qué decidiste dejarnos solos… Dejarme solo con nuestro sueño. Porque… ¿Era nuestro sueño? Bronca siento, inmensurable bronca hacia vos. Bronca porque no tuviste coraje. Bronca por la culpa que nos dejas. Y bronca porque la primer palabra de tu hija fuiste vos, y no tuviste el valor de vivirlo.
A veces me siento tan vacío, y te odio por eso. Pero te amo por haberme hecho feliz por un tiempo.
Ya hablaremos…
Santiago.
Puso su nombre al final de la hoja, y la releyó. Se secó las lágrimas, y guardo la hoja en un sobre. Fue a la pieza de Sara, y la vio allí, jugando con un peluche recostada en el colchón. Sonrió, inevitablemente.
-¿Vamos a ver a Papá?- Sara sonrió, y él la tomó entre los brazos.
El parque estaba con apenas unas brisas otoñales. Ellos, luego de caminar varias parcelas, llegaron a una de piedra que rezaba “Alejandro Terrañes”. Los dos se sentaron en la hierba, y la pequeña tomo unas flores y las dejo en un pequeño florero que había con un poco de agua. Santiago abrazó fuerte a Sara, y abrió la carta…
-Querido Alejandro…-
