Nimber

Me llevé las manos a la cabeza. Tratando de razonar. De encontrar una mínima explicación a todo aquello. Miré fuera de la ventana. Cada vez se hacía más oscuro. No podía hacer nada contra aquello. Era la naturaleza. El hombre no puede contra la naturaleza, aunque lo crea, no puede. No debe. No tiene que. Al igual que yo, no podía hacer nada para evitar que todo eso lleve a más. ¿A que más? Suspirando, tomé el teléfono una vez más, y marqué.
Esperé ansioso en el tubo… Escuchando los pitidos de espera. Nadie contestaba. Nadie contestaba. Luego una voz habló.
-¿Diga?-
No era el. Pero hablé.
-Hola. ¿Está Fabián?-
-No, equivocado- Pude sentir como se alejaba el auricular de su oreja directo a colgar. Me adelanté.
-Espere, espere… ¡No corte!- Un silencio inundó la línea.
-¿Si?- Su voz estaba teñida de un poco de curiosidad.
-Disculpe… ¿Seguro que no hablo con la casa de Fabián?-
-Si. Seguro. Sé donde vivo.-
-Entiendo… Pero, hace ya media hora que vengo llamando a este número.-
-¿Ah era usted? Mi esposa lo ha atendido-
-Así es. ¿Hablo con el 4512220?-
Pude presentir que estaba en lo cierto, por el silencio que se extendió en la voz del hombre del otro lado.
-Si… Pero aquí no vive ningún Fabián-
-Entiendo… Supongo que me han pasado mal el número-
-Seguramente.-
-¿Y su nombre?-
Otra vez el hombre tardó en responder.
-¿Mi nombre?-
-Eso pregunté… ¿Su nombre?-
-¿Para qué quiere mi nombre?-
-Quiero saber con quién hablé durante este momento…-
Pensó. Dudó.
-Gabriel-
-Gabriel, como el ángel que- Pero me cortó la frase.
-Si, todos lo dicen. Debo cortar-
-¿Por qué debe cortar?-
-Por que usted busca a Fabián. Y yo no soy Fabián. Se confundió de número señor. Adiós-
-Espere, espere… ¡No corte!- Volví a sentir su dejo de curiosidad. No cortó. Escuchaba. Esperaba que yo hablara.
-Gracias- Le dije.
-¿Gracias?- Preguntó extrañado.
-Si, Gracias-
-¿Gracias por qué?-
-Por no haber cortado-
-¿Qué necesita? ¿En que lo puedo ayudar?- Sonaba apenas molesto.
-Necesito hablar con Fabián-
-Ya le dije señor, No soy Fabián. Y Aquí no hay ningún Fabián-
-Bueno entonces necesito hablar con usted-
-¿Disculpe?- No comprendía.
-Que necesito hablar con usted-
-¿Qué necesita hablar conmigo?-
-No lo sé. ¿De que necesita hablar la gente?-
-Mire. No tengo tiempo para estas bromas. ¿De acuerdo?-
-¿Bromas? No me gustan las bromas. Sólo necesito hablar con usted-
-Pues yo no. Y no tengo deseos de complacer a un extraño parloteando- Ya había tomado un tinte molesto.
-Lo siento-
-¿Eh?-
-Lo siento si lo hice enojar. No fue mi intención. Simplemente me surge-
-¿Sabe? Creo que necesita un psicólogo usted.-
-¿Dice que estoy loco?-
-No comprendo a la gente que relaciona la psicología con la locura-
-¿Quizás por que la estudian?-
-Eso no significa que estudien sólo la locura-
-Pero si anormalidades psicológicas-
-No las llamaría así…-
-¿Cómo las llamaría?-
-No tengo ganas, ni necesito hablar de psicología con un chiflado-
-¿Por qué no la comprendo como usted? Ve que piensa que soy un loco, acaba de decirme chiflado. ¿Qué significado tiene eso?-
-Mire. Disculpe, pero usted es un desconocido.-
-¿Desconocido? ¿No me conoce? Me llamo Mario.-
-No me interesa su nombre, señor-
-Entonces no le interesa conocerme, por lo tanto, tampoco le interesa que sea un desconocido-
Permaneció en silencio.
-Cortaré-
-¿Por qué?- Le pregunté. Comenzaba a divertirme.
-Por que usted no es nadie-
-Si, ya he escuchado esa afirmación. ¿Nadie? ¿Y nada tampoco?-
-¿Usted esta bien?-
-Si. ¿Por qué le surgió esa duda?-
-No… Nada… Mire, adiós señor-
-Por favor. No corte.-
Pero cortó. Deje caer el auricular en el teléfono. Miré alrededor. Volví a tomar el teléfono, volví a marcar.
-¿Hola?- Contestó la voz de una joven adolescente.
-Hola. ¿Está Gabriel?- Pregunté.
-No… Número equivocado- La muchacha iba directo a colgar…
-Espere, espere. ¡No corte!-
-¿Qué quiere?-
-Necesito hablar con Gabriel-
-Ya le dije que no vive aquí-
-Bueno entonces necesito hablar con usted…-
-¿Perdón?-
-¿Su nombre, señorita?-
-Mire no creo que deba darle mi nombre. ¿Usted quién es?-
-Mi nombre es Mario-
-Bueno Mario, se confundió de número así que cuelgue y vuelva a tratar-
-Pero yo necesito hablar con Gabriel-
-¡Ya le he dicho! ¿Es que no entiende?- Sentía como iba al auricular.
-Espere, ¡No cuelgue!-
-Diablos…- Dijo enfadada.
-Necesito hablar con usted entonces…-
-¿Conmigo?-
-Así es…-
-No, usted a mi no me conoce. No puede necesitar hablar conmigo si no me conoce.-
-¿Por qué no?- Se quedó pensando.
-Por que para necesitar a alguien uno tiene que conocerlo-
-¿Tu crees? Yo muchas veces necesito a alguien, o a algo mejor dicho. Sin conocerlo-
-Pues usted no esta bien…-
-Si ya lo he escuchado. Eso dijo Gabriel. ¿Usted no es pariente de Gabriel?-
-No, señor-
-¿Hija de Gabriel?-
-No, señor-
-Entiendo… Podría serlo, ¿Sabe?-
-Mire que maravilla… Bueno debo cortar-
-¿Por qué?-
-Tengo tarea-
-¿No me dirás tu nombre?-
-No me dejan-
-¿Quiénes?-
Cortó. Volví a dejar el auricular en el teléfono. Me quedé pensando. Volví a marcar.
-Asociación de Alcohólicos Anónimos… Mi nombre es Mariana ¿Con quien tengo el placer de hablar?-
-Con Mario. Necesitaba hablar con… una muchacha.-
-¿Disculpe?-
-No se su nombre. Pero era muy simpática…-
-Señor, usted se comunicó con la AAA-
-¿Ella era alcohólica? ¡Vaya! Si parecía una adolescente… Aunque en estos tiempos ¿De que están exentos?-
-Señor, creo que se confundió de número-
-¿No esta esa muchacha por allí? Búsquela en su escritorio, dijo que tenía tarea que hacer…-
-Usted está comunicado con una asociación de autoayuda para alcohólicos. Aquí no hay ninguna niña…-
-¡No! Niña no. Muchacha. Sonaba como una adolescente-
-Tampoco, señor. Disculpe-
Colgó.

-Diablos- Dije. Volví a marcar.
-¿Buen día?-
-Hola. ¿Está Mariana?-
-¿Mariana?-
-Si. Mariana-
-¿Quién es usted?- Era una mujer, molesta. Muy molesta.
-Mi nombre es Mario-
-¿Mario?-
-Si, Mario. ¿Anda mal la línea?-
-Mire señor… No se que clase de broma es ésta. Pero no causa gracia, ¿Si?-
-¿Broma? Yo no hago bromas. ¿Por qué cree eso la gente?-
-¿De que me habla?-
-Nada. No tiene importancia. ¿Puede pasarme con Mariana?-
-¡Deje de molestar!-
-No, no, no corté. ¡Por favor!-
-¿Qué quiere?-
-¿Qué paso con Mariana? ¿Dónde está?-
-Mariana…- Suspiró, podía sentir lágrimas en el tubo. –Falleció hace un año, cuando volvía de Brasil. ¿Quién es usted acaso? ¿Un amigo de los tantos que tenía ella? ¡Oh mi querida! Viajaba por el mundo haciendo amigos. Quizás uno de esos que aun no se han enterado de la tragedia.
Me acongojé.
-¿Qué ha fallecido? ¡Es imposible!-
-No… Es así. ¿Usted de donde la conocía?-
-Oh… De toda la vida. Pobrecita…-
-¿Cómo dijo que era su nombre?-
-Mario… ¿Y el suyo?-
-Soy Delia… No recuerdo que haya hablado de usted…-
-No, recién hoy nos conocíamos- Y se cortó.
Me llevé las manos a la cabeza. Tratando de razonar. De encontrar una mínima explicación a todo aquello. Miré fuera de la ventana. Cada vez se hacía más oscuro. No podía hacer nada contra aquello. Era la naturaleza. El hombre no puede contra la naturaleza, aunque lo crea, no puede. No debe. No tiene que. Al igual que yo, no podía hacer nada para evitar que todo eso lleve a más. ¿A que más? Suspirando, tomé el teléfono una vez más, y marqué.
Esperé ansioso en el tubo… Escuchando los pitidos de espera. Nadie contestaba. Nadie contestaba. Luego una voz habló.
-¿Aló?-
No era ella. Pero hablé.
-Hola. ¿Está Delia?-
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